Nowości
29 listopad 2012
El Economista
Mexico
Andrés de Luna
Gottfried-Helnweiny-el-museo-de-San-Carlos
Gottfried Helnwein
y el museo de San Carlos
Helnwein hace que sus fotografías intervenidas por la pintura adquieran el sello de la crítica, de lo que revela una mirada inquisitiva ante la podredumbre de la violencia homicida. Tan es así que muchas de sus obras están manchadas de rojo, presencias infantiles que de pronto cobran la realidad del absurdo de la guerra y de sus prolongaciones actuales.
El museo es una trinchera desde la cual se libran muchas batallas. Un espacio museográfico que estaba perdido en las tinieblas, al menos sepultado en la grisura, fue, por muchos años el Museo de San Carlos. Es decir, sus combates estaban perdidos.
En los tiempos recientes, Carmen Gaitán Rojo pasó del Museo Mural Diego Rivera, al que dejó en las mejores condiciones, pues resucitó gracias a su imaginación. Ahí dio vida a proyectos en los que estaban involucrados artistas actuales, muchas de esas exposiciones dialogaban con el pasado a través del presente.
Carmen Gaitán, luego de dejar en claro que su trabajo era fructífero, llegó al museo de San Carlos y de inmediato desplegó sus capacidades y su talento. Su vocación en estos recintos culturales se vio afinada por su vínculo laboral con Fernando Gamboa, figura emblemática sin par dentro de los museos nacionales e internacionales.
Ahora, en este terreno de las renovaciones, Gaitán alberga en su museo Fe, esperanza y caridad. Retrospectiva de Gottfried Helnwein. Ésta es una de las demostraciones de que los triunfos en la lid se obtienen con lucidez en la trinchera.
El artista austriaco, Helnwein, según anota en el video que se proyecta en una sala, recuerda que su infancia estuvo marcada por el deterioro de la Segunda Guerra Mundial. Viena era un mar de ruinas y él, un niño, que, como en los cuentos de hadas, habitaba un castillo que era una posesión familiar, pensó que su personaje favorito se remitía al Pato Donald. Él siempre resolvía los problemas y todo lo dejaba en orden.
Al paso de los años, cuando tenía 20, causó revuelo una pintura que hace sobre Hitler y el material empleado es su propia sangre.
Helnwein es un espíritu rebelde, de pronto hace dialogar al ratón Miguelito con el mismísimo Führer en una pieza del 2012. ¿La razón? El tan popular roedor era parte esencial del antisemita Walt Disney, que se sumaba a la historia negra de los empresarios estadounidenses comprometidos con la horda nazi.
En otra imagen de las que pueden verse en la magnífica muestra de San Carlos, “Epifanía: La adoración de los magos”, representa un tema clásico en la iconografía cristiana, sólo que Helnwein la transforma en una pieza monocroma en donde una mujer de cabellos rubios sostiene a un niño, mientras que detrás de ellos aparece un quinteto de militares uniformados con todo y las insignias del nacionalsocialismo. Ya se sabe que Austria fue más fanática que la misma Alemania ante la jauría de Hitler y de Goebbels.
Helnwein hace que sus fotografías intervenidas por la pintura adquieran el sello de la crítica, de lo que revela una mirada inquisitiva ante la podredumbre de la violencia homicida. Tan es así que muchas de sus obras están manchadas de rojo, presencias infantiles que de pronto cobran la realidad del absurdo de la guerra y de sus prolongaciones actuales.
En la retrospectiva aparecen imágenes de Marilyn Manson o un autorretrato con la cabeza vendada.
Fe, esperanza y caridad, trilogía de virtudes teologales, sirve como un recordatorio acerca de la insensatez del pasado reciente y de una actualidad brutal. La violencia es un círculo que gira y gira para luego detenerse y expandir su horror. Las fotografías intervenidas de Helnwein al principio semejan un ánimo apacible.
Niñas de cabellos dorados y de hermosa mirada que nos contemplan desde sus vastas dimensiones, Después las cosas se alteran y llena el ojo la presencia de la sangre, que brota de diferentes lados, sin precisar el sitio exacto, es la violencia que deja heridas abiertas, huellas que son imposibles de borrar. El público recorre las salas y se percata de que el discurso de Helnwein es engañoso.
De pronto es la inocencia de la infancia, un aspecto que se conforma con la aparición de la ternura, luego todo cambia y lo que menos importa es el sentimentalismo, lo que está en juego es la experiencia desquiciada.
¿Alguien apuesta por un futuro repleto de calma? ¿Alguien cree en la serenidad que se opone a la ira homicida? Tal vez, lo que queda es la hecatombe del ayer y sus repercusiones en la sociedad de hoy. Una muestra de la nueva era del museo de San Carlos.




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